Paz y amor a la paz

Spanish translation of ‘Vrede en vredelievendheid

by Miguel Norbert Ubarri, T.Carm.

 


Vrede en vredelievendheid - ´Paz y amor a la paz´

Discurso impartido en la iglesia Bergkerk [o de San Nicolás] de Deventer, el 11 de noviembre de 1931. El manuscrito original contiene 11 páginas numeradas (páginas 2-11).

La fecha “11 nov 1931” fue añadida a lápiz. El texto mecanografiado contiene palabras y oraciones que fueron tachadas por el mismo P. Tito. Algún indicador temporal nos permite hoy precisar con mayor exactitud cuándo redactó el discurso, no antes del 9 de noviembre de 1931, dos días antes del discurso de Deventer. El hecho de haber tachado otros indicadores temporales y espaciales también demuestra que este discurso fue utilizado por el mismo Tito en más de una ocasión, después del 11 de noviembre y durante la década de los años 30. Las tachaduras están reseñadas en las notas a pie de página.


Criterios de esta traducción.

La primera traducción al español del discurso del P. Tito fue realizada por el P. Rafael Leiva, O. Carm., valiéndose de otras traducciones. Esta que ahora presentamos toma como documento base la del P. Leiva, pero contrastada con la versión original en neerlandés publicada por el Instituto Tito Brandsma.

Esta segunda traducción al español aspira a ser lo más literal posible con relación al original neerlandés, manteniendo correspondencias con el estilo, el léxico y algunos términos utilizados en sentido figurado. El orden de las palabras, sin embargo, es necesariamente distinto al neerlandés. Lo exige la estructura de nuestra lengua. Para expresar con la mayor claridad posible algunas ideas en español, ha sido necesario buscar el sentido aproximado de algunas palabras, modificar algunas perífrasis verbales, cambiar el orden sintáctico de la oración y separar algunas oraciones compuestas demasiado largas, con subordinadas muy extensas.

A pie de página se han reproducido las notas añadidas por el editor de la versión neerlandesa. También se han añadido otras que creemos pueden ser útiles para el lector de hoy.

Se ha mantenido en todo momento la forma del documento. Los párrafos, largos o cortos, tienen la misma extensión y contenido del original que manejamos y nos sirve de texto base. Así también se mantienen las oraciones cortas, que figuran aisladas en varios lugares del discurso.


Muy honorables autoridades civiles y religiosas de la ciudad de Deventer[1], señoras y señores, amigos de la paz.

Quiero comenzar diciendo que he aceptado con alegría la invitación para expresar aquí, esta tarde, mi amor por la paz, delante de personas de diversas denominaciones y partidos[2], proclamar mi fe en la paz y renovar la esperanza en la paz, no sólo en mi corazón, sino también en el vuestro que, como yo, amáis la paz y la queréis ver reinar, en vez de la sucesión de una guerra tras otra.

Aunque todos amemos la paz y tengamos en el corazón la confianza de que nuestra acción por la paz no quedará sin efecto, ni vosotros ni yo no[3] podemos eludir las presiones del momento actual, lo que significa para este tiempo de la historia; no podemos liberarnos completamente de la duda generalizada de si algo puede cambiar lo que parece ser una ley de la historia; a toda guerra sigue otra guerra y, cada vez que sucede, se le da un golpe mortal al trabajo por la paz. Vivimos aún bajo la influencia de aquellos que afirman que quien quiera la paz debe armarse para ganar la guerra. Y las naciones[4] están armadas, tan armadas, que piensan que pueden ganar una guerra; como consecuencia, esa sensación de poder se convierte en el primer estímulo para justificar por derecho propio la violencia con las armas, del modo más horrible. Así, mientras en apariencia se trabaja por la paz, se están preparando las más grandes guerras. Esto ha llevado a pensar a muchos que es inútil prepararse para la paz, que tenemos que resignarnos fatalmente a la realidad de la guerra, convencidos de la imposibilidad de actuar contra una ley de la historia.

Pero no, no sólo nuestro sentimiento, sino también nuestra inteligencia se rebela contra esta idea. Se forja en nosotros, por el contrario, la convicción de que aquello que parece una ley, puede serlo por decisión humana, como nos lo hace ver la historia y, por tanto, [si es humana,][5] esa decisión puede cambiarse. Podemos ocasionar una reacción contraria y, si tal reacción recibiera apoyo suficiente, no nos parecería ya imposible asegurar la paz en el mundo, y nuestra corresponsabilidad -sí, hablo de corresponsabilidad- frente a la guerra, podría disminuir y hasta desaparecer gradualmente.

Si miramos los hechos con atención, debemos admitir que todos nosotros, dentro de la sociedad en la que vivimos, hemos favorecido la guerra y, por lo tanto, somos responsables. Nuestro amor por la paz no ha sido lo bastante sincero y bien ordenado. ¡Cómo habría podido ser mejor, más perfecto y más concreto! Y si la gente hubiera amado la paz más sinceramente, con un conocimiento más preciso de ella, no con palabras sino con hechos, ¿no se habrían visto las posibilidades de guerra de otra manera?

Es como si la humanidad estuviera ciega.

Nos sentimos tristes cuando, habiendo sido testigos hace poco del cruel, cruel espectáculo animal [que ha sido] la Guerra mundial, vemos armarse de nuevo a los pueblos de un modo más terrible, como si aún no hubieran aprendido nada[6].

La perspectiva de futuro se ve muy sombría[7].

Pero[8], curiosamente a lo largo de los siglos han surgido heraldos de la paz, agentes de paz y predicadores del mensaje de la paz. Y siempre que, después de un tiempo, se hubo perdido su voz en el alboroto de las luchas nuevas, tras las espantosas experiencias de la guerra, regresó la toma de conciencia y resonó nuevamente el mensaje de la paz.

Estos heraldos, estos apóstoles de la paz, se encuentran en todos los tiempos y lugares. En nuestro tiempo, afortunadamente, tampoco faltan.

Pero ningún mensaje de paz ha encontrado un eco tan amplio como en el círculo de Aquél a quien nosotros los católicos llamamos Rey de la paz. Permitidme aquí recordarlo.

Cuando el día de Pascua, tras la muerte de Cristo en la cruz, a los apóstoles les parecía que no había esperanza, y a pesar de que a los ojos del mundo la misión de Cristo parecía acabada, fracasada, incomprendida, Él se apareció en medio de los apóstoles, reunidos en el cenáculo[9] por miedo a los enemigos, y dijo a sus oídos en medio de los rumores de guerra[10] de los enemigos: “La paz sea con vosotros. Os doy mi paz, os la doy no como la da el mundo”. [Jn. 14,27]

Durante aquella hora de tristeza y desesperación, a pesar de todo, Cristo, después de su resurrección, la primera palabra que pronunció fue la misma que cantaron los ángeles en el pesebre de Belén[11]. También en esta hora grave y angustiosa, en la que miles ridiculizan y creen inútil cualquier proyecto de paz, más aún debemos hacerlo nosotros; precisamente en esta hora debemos desear la paz y llevarla a la humanidad, tal como Él lo hizo en aquella ocasión.

Hay muchas cosas que nos pueden dividir[12], pero el amor por la paz nos ha reunido aquí deliciosamente. Y, aunque no todos compartimos las mismas convicciones respecto a la misión de Cristo en este mundo[13], sí estaremos de acuerdo en que su[14] anuncio de paz ha tenido un significado profundo para el mundo y lo tiene todavía. En este momento en el que nos encontramos reunidos por el gran, el mayor trabajo por la paz, y en el que todos queremos manifestar nuestro amor [por ella], cada uno a su manera debe sentirla[15], no puede faltar en el coro su[16] mensaje de paz, y yo lo considero un privilegio, como sacerdote de la Iglesia Católica, poder aquí repetir el mensaje de paz de Cristo, justo porque estoy convencido de que, a pesar de lo que nos divide, esta palabra de paz es valorada altamente por todos nosotros.

Quisiera repetir su palabra, hacerla resonar en todo el mundo, sin preocuparme de quien me escuche. Querría repetirla tan a menudo que cuantos movieran la cabeza por primera vez tuvieran que escucharla, hasta que todos la escuchen[17] y comprendan. Precisamente por el hecho de que todo a nuestro alrededor haya perdido la esperanza en la paz[18], esto me impulsa a proclamar el mensaje de paz más alto aún. Pero quiero hacerlo mejor aquí donde el amor, más aún, el entusiasmo por la paz, trata de descubrir el verdadero significado, donde todos desean que se cante la alabanza de la paz en todas las lenguas.

Admito que este mensaje de paz, si bien encontró resonancia en tantos corazones, ha sido incomprendido a través de la historia y que, también hoy, muchos no lo entienden. A una guerra ha seguido otra guerra y la paz que acuerdan las naciones, alentadas tras los conflictos, lleva en sí el germen de nuevas guerras. Durante diez[19] años los delegados de las naciones en varias conferencias internacionales han buscado a través de conversaciones muy serias alejar la eventualidad de una guerra. El resultado es triste y terriblemente desesperanzador. Por todas partes se han encontrado dificultades. Cada uno vela por sus propios intereses, y, más aún, defiende cuanto tiene y no ve la vía para encontrar la solución a sus problemas o la eliminación de estos intereses contrastados. El mundo está hecho así; que al hombre que no se opone, se le pisotea, y solamente puede hacer progresos a través de la lucha.

Existe el convencimiento, más aún se proclama abiertamente, que los principios de paz y de amor no sirven para nada en la sociedad, que hace falta ser fuertes en la lucha por la existencia y que es necesario ser más fuertes porque el derecho será del que sea más fuerte.

No, no exagero.

En el mundo hay todavía, ciertamente, consenso, hay aún amor y justicia, todavía se reconoce el orden y la ley: lo que desconcierta es lo que se está proclamando, apoyándose en los fundamentos de la ley, sobre la estructura de la sociedad, la necesidad de luchar y oponerse. He oído a profesores serios y a personas sinceramente cristianas ponerse en guardia contra las actividades pacifistas, remitiéndose a la historia, convencidos que ésta enseña clara y francamente que sólo una nación que sabe combatir puede hablar por sí misma de prosperidad y de progreso. Se dice: no sirve para nada ignorar la verdadera naturaleza del género humano y así dejamos que la sociedad se convierta en presa de sus peores elementos. El mal, el egoísmo, la arrogancia de los poderosos son una realidad; es inútil negar la existencia de ello: la única cosa que hay que hacer es tomar nota y armarse; de lo contrario, la sociedad acabará cayendo del todo en poder de los peores elementos. Hace falta resistir, según este modo de pensar, para salvar lo que en la sociedad hay de bueno. Para que el bien se mantenga como el tono[20] dominante, debe hacerse fuerte. Triunfará solamente cuando tenga más poder que todos, cuando haya sometido a sí todas las cosas y en una guerra despiadada se haya asegurado la victoria.

De esta forma, el empresario se arma contra el trabajador y viceversa; una clase se arma contra la otra. Según esta mentalidad es inevitable que un pueblo, una nación se arme contra otra para hacer prevalecer sus derechos más sagrados. No hay visos de abandonar la perspectiva del conflicto, de mantener una posición de poder porque se sabe que renunciar al poder es sucumbir.

Para muchos esto no sólo se ha convertido en la praxis, sino, más aún, en la teoría. Es totalmente inútil que se opongan los individuos solos o los grupos.

Se ha hecho una investigación sobre las causas de la última guerra mundial. Se han formado grandes comisiones de eruditos para responder a las preguntas. Han estudiado durante años y sus investigaciones no han terminado todavía. La guerra no es un simple fenómeno histórico como creen muchos. Cuando a finales de julio de 1914, los periódicos nos sorprendieron con la noticia desconcertante de que en los países que nos rodean se había proclamado el estado de guerra, que todo era una continua sucesión de ultimátums, que día y noche los jefes de Estado y primeros ministros de Austria, Rusia, Alemania, Inglaterra y Francia se intercambiaban telegramas, esperábamos con el ánimo en suspenso las decisiones de los emperadores, reyes y presidentes y nos pareció por un momento que el destino de Europa estaba en sus manos. Pero, ¿qué se podía ya cambiar frente a acontecimientos provocados y con sistemas bien definidos y con sentimientos suscitados por el modo cómo se habían provocado aquellos acontecimientos? Los poderosos no están del todo privados de poder y no pienso limitar o excluir su influencia; pero, ¿qué podían hacer para prevenir la guerra? No quiero replantear el problema que ha tenido ocupados a una decena de estudiosos por tantos años; ni voy a hacer un recuento de las causas de la última guerra. Pero no tengo miedo en afirmar que en buena medida la guerra se debe atribuir a la mentalidad con la que se trataba de promover el bienestar de las naciones, a mantener por debajo una serie de circunstancias del principio del poder[21]. Toda la sociedad estaba orientada hacia la guerra y, entonces, ¿cómo podría pensarse que con esta ordenación pudiera evitarse la más feroz y brutal forma de violencia si las circunstancias lo incentivaban?[22]

El hecho de que la guerra exista no debe considerarse como demostración de que no pueda ser evitada, sino más bien como una prueba de cómo ha enloquecido la sociedad, y de cómo hoy es tiempo para reflexionar. La última guerra ha demostrado con la máxima claridad que no ha sido obra de individuos, sino de pueblos, pueblos enloquecidos que no reconocían entre ellos ni derechos ni razones. Quisiera aducir como prueba las increíbles sumas gastadas para manipular la opinión pública a través de la prensa. La guerra y, sobre todo, el tiempo de la posguerra, nos han mostrado a qué profundidad el mal, del cual se deriva la guerra, ha penetrado en la sociedad. Hay personas, ciertamente, que se reúnen para discutir el modo de evitar la guerra, cómo limitarla y regularla, pero todas estas discusiones no avanzan y un conflicto nuevo y más terrible se acerca, año tras año, de manera inminente.

La manifestación del deseo y el serio esfuerzo por el desarme deberían ser considerados como una sanción contra el más mortal armamento. Cada uno espera en el otro, pero, por la desconfianza recíproca, no se tienen el valor y la confianza para dar un paso en la dirección correcta.

Los que van más contra corriente, como por ejemplo Briand[23], son considerados como irresponsables frente a los más altos intereses del pueblo. Paul Block, uno de los más eminentes periodistas franceses, escribió abiertamente que, si las ideas de Briand debieran prevalecer, sería el final de la supremacía de Francia y sinónimo de desastre para ella. Con certeza, parece que el modo en el cual está construida hoy la sociedad y en el que los estados y naciones están enfrentados, hace pensar que la guerra será inevitable y que, tal vez, dentro de poco será necesaria; esto está demostrando que la sociedad actual de esta región se está precipitando hacia su propia destrucción, y Spengler tenía razón cuando hablaba de “Untergang des Abendlandes” [el Ocaso o Caída de Occidente[24]].

Si cuando miramos alrededor, no llegamos a encontrar en la sociedad comprensión de la paz, entonces es que falta algo en la disposición de la gente que les posibilite entenderla: lo que hace falta, entonces, no es la oposición a la guerra. Entonces debe buscarse más adentro, entonces lo que hace falta es reformar una sociedad enferma.

Cuando esta enfermedad, en tiempo previsible, amenaza de nuevo con degenerarse en una nueva locura general, entonces ha llegado el tiempo de encontrar, lo más pronto posible, los medios para detener esa enfermedad en desarrollo e irradiar el cáncer naciente con los rayos de nuestro sentido común, de manera que se pueda poner fin a su obra devastadora.

Permitidme que subraye rápidamente algo digno de mención: que Cristo, en su mensaje pascual, hizo referencia explícita a la idea equivocada que tiene el mundo sobre la paz. Y nosotros, que estamos en medio del mundo, nosotros que estamos condicionados por la opinión pública más de lo que imaginamos, también nosotros debemos preguntarnos si lo que nos guía es la percepción correcta del papel que tiene la paz en la sociedad humana. ¿No tratamos demasiado de juntar el agua con el fuego? ¿No queremos demasiado regalar la paz a una sociedad sin molestarnos en cambiarle las ideas, para hacerla capaz de aceptar y valorar la paz?

En el pasado, generalmente, la guerra fue el resultado de varias circunstancias y complicaciones de carácter social frente a las cuales parecía que no había otra salida sino la violencia. Para evitar la guerra, entonces será necesario que la sociedad cambie de mentalidad. Hay que constituir una mentalidad más sana en la sociedad, una idea más positiva de la paz en la sociedad, para erradicar la guerra en cuanto aparezca como germen[25]. Ahora que la política de los diversos países está dominada exclusivamente por los intereses particulares y en cuyas negociaciones ninguno quiere ceder ni un ápice, salvo que no vea su provecho, es necesario pensar que la sociedad sólo podrá madurar cuando no sólo se limite a no hacer daño a otros, sino en cuanto conciba la convivencia como servicio al otro, como un medio para salir adelante juntos a través de ese intercambio de servicios. No nos encerremos egoístamente en nosotros mismos y no nos ceguemos por nuestro interés; es necesario que nos demos cuenta de que nuestra vocación y nuestra felicidad consisten en hacer felices a los demás.

El egoísmo y la avaricia son los grandes males de nuestro tiempo y las causas más profundas de la guerra. Hay que tomar posición frente a esto: solamente de esa forma trabajaremos efectivamente por la paz.

El fundador de la Asociación de los Católicos Holandeses por la Paz, el reverendo Prof. de Langen Wendels[26], comprendió muy bien cuán imposible era promover con éxito la paz sin tratar de influir en la sociedad y sin combatir los males de una sociedad que lleva en sí misma los gérmenes de la guerra. Por eso justamente quiso fundar Asociación de Católicos por la Paz, porque vio la acción por la paz como una respuesta al mensaje de Cristo.

Esta concepción no debe malinterpretarse. Nosotros no pretendemos monopolizar la única y verdadera acción de la paz. La enseñanza de Cristo golpea radical y directamente al corazón de todo lo que en la sociedad lleva a la guerra; incluso sus más fieles seguidores que se llaman hijos de la Iglesia deben admitir -como yo- que hacemos demasiado poco, a veces menos que aquellos que están fuera de las filas cristianas, para poner en práctica la lección que Cristo dio al mundo con su mensaje de paz. Nos falta el valor para ser apóstoles de la paz en el pleno sentido de la palabra.

A pesar de todo, aún dándonos cuenta de nuestras deficiencias, pensamos que podemos mirar al alto mensaje de paz que Cristo dio un día al mundo para hacer una profunda y concreta acción de paz.

El domingo pasado se[27] declaró en el Congreso de la Asociación de Católicos por la Paz[28] en Berlín: “La experiencia de los siglos nos ha enseñado que la seguridad no se obtiene mediante las armas y la fuerza, especialmente hoy frente al progreso tecnológico. Esto sólo puede obtenerse con un espíritu de paz entre los hombres y las naciones, y con la protección de todos los pueblos a través de la Liga de las Naciones[29], que juzgue y que esté en posición de hacer cumplir sus decisiones. Las armas entonces serán superfluas. La opinión pública debe ser educada a través de la prensa, la escuela, en las reuniones y en los congresos”.

¡Cuánto debe suceder todavía, antes de que viva el espíritu de la paz, no digo entre las naciones -que es lo último- sino entre la gente, donde debe estar primero! Miremos por un momento a nuestro alrededor.

En estos tiempos de malestar general y de desempleo se habla mucho por todos lados de acuerdos con los otros gobiernos para exportar nuestros productos a fin de proteger y defender los sectores de la industria nacional o, por lo menos, para promover el comercio de aquello que producimos. Disgusta oír a un hombre como el señor Colijn asegurarnos que su experiencia de muchos años le ha enseñado que todos estos negocios no sirven para nada porque cada Estado no piensa sino en sus propios intereses. Es difícil hablar de acuerdos mutuos para conseguir honestamente un beneficio común o para ayudarse mutuamente. Todo gira en torno al interés propio.

En el comercio y en la industria las cosas no marchan de forma diferente. Se presta muy poca atención a la necesidad de los individuos. No se le da más que aquello que sirve para tenerlos ligados a nuestro servicio, consiguiendo de ello el máximo provecho. Esto es eficiencia. Esto es hacer negocio. Este es el secreto del éxito. Existen sistemas de salarios altos, pero en vista de una mayor ganancia o no para crear condiciones ideales de trabajo o en nombre de principios más altos.

La concentración del capital, la irresponsabilidad de quien lo dispone, sin preocuparse del uso al que se destina, no hace sino exacerbar la lucha de clases y crea un clima de odio y enemistad entre amplios sectores de la población, especialmente porque las empresas se apresuran a prohibir todo sentimiento de caridad, porque todo se hace de manera pragmática y según el interés personal. Por suerte se dan señales que indican una mejoría y que nos hacen tener esperanza para el futuro. Pero no nos ilusionemos. Está surgiendo un mayor sentido de solidaridad y en distintas áreas existe colaboración. Esta asamblea es una feliz muestra de ello. Sin embargo, el Rector Magnífico de la “Handelhoogeschool” de Rotterdam, el prof. Dr. N. J. Polak, demostró anteayer[30] de manera evidente, en su saludo inaugural, cuán fácil es dirigir la cooperación en sentido egoísta y descuidar las consecuencias sociales. Por esto habla de egoísmo colectivo idealizado, como un fenómeno característico de nuestros tiempos.

La falta de amor va unida de la forma más evidente con la falta de perdón. No todo se puede soportar, ciertamente, pero ¿significa esto que hay que volver a la antigua idea pagana en la que todo insulto debe ser pagado con la sangre y que el perdón es señal de debilidad? Es triste contemplar que en las relaciones políticas internacionales las equivocaciones sean consideradas como fallos que jamás se olvidan, que se cultiven antipatías y hasta odios entre países y pueblos, que una buena palabra hacia un ex enemigo y encontrar en él algo de positivo equivalga, en la práctica, a una traición de lesa majestad.

El mensaje de paz de Cristo es: “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen. Si amáis solamente a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los gentiles aman así. Pero yo os digo: haced el bien al que os hace el mal” [cf. Mt. 5, 44 ss].

Sé que para muchos en la sociedad actual esta palabra es una voz en el desierto, pero a vosotros que amáis la paz, que comprendéis, igual que yo, que la paz al final podrá brotar de las convicciones de aquellos que forman la comunidad nacional, a vosotros yo os dirijo esta palabra de Cristo, ciertamente radical, incluso difícil de poner en práctica, pero que es la indicación más singular de la dirección hacia la cual orientar nuestra acción de paz.

Repito, nuestra acción en favor de la paz debe basarse en la reforma de la sociedad. En la sociedad deben florecer de nuevo los principios profundos del amor y del perdón, y convertirse en la práctica general.

Es difícil, y hasta exige algo imposible, poner la otra mejilla para un segundo golpe cuando se te ha golpeado. Muchos lo consideran locura, pero lo mismo que el obispo Espiridión obedeció con prontitud al mandato del Señor cuando recibió aquella afrenta de un cortesano del Emperador de Constantinopla, desarmando de tal modo al ofensor, de la misma manera en nuestra sociedad aquellos que saben perdonar heroicamente demuestran que las así llamadas “locuras” producen mayor efecto que el aluvión de palabras sin correspondencia con los hechos. Entendamos que no se progresa conformándonos siempre a las ideas del momento. Solamente cuando estemos convencidos, podrá tener lugar una reforma de la sociedad lo bastante radical para erradicar la guerra en el mundo.

Si la filosofía de Nietzsche puede llevarnos a la guerra, dejemos que otra filosofía particular inspirada en el mensaje singular del amor y del perdón nos lleven nuevamente a la paz.

No hay otro camino.

Si queremos erradicar de estos lugares la peste de la guerra, debemos introducir nuevamente estas dos ideas: amor y perdón en nuestro pueblo holandés y desde ahí hacia los países vecinos. Solamente esto puede salvar la sociedad enferma e insana. Es como si nuestro mundo civilizado estuviera, por así decirlo, siendo llevado hacia su destrucción por los mismos principios de los que se siente orgulloso y que son las causas de su progreso. Estamos a tiempo para recuperar la razón.

Todavía hay tiempo: se puede hacer mucho todavía junto a tantas cosas que han comenzado a dar fruto para coronar con éxito la obra de la paz. No todo está perdido, a pesar de estos tiempos tenebrosos.

Nuestra esperanza está en nuestra gente, en nuestro pueblo sobrio y razonador. Después de todo, no puede permanecer ciego ante la verdad evidente de que puede tener entre sus manos la guerra o la paz, que a la larga la opinión pública puede doblegar a los gobiernos.

Durante la guerra se gastan millones para controlar y guiar a las masas a fin de favorecer y mantener entre el pueblo la justa actitud para que la guerra alcance su amargo fin. Esto demuestra la importancia que tiene la opinión pública para preservar la paz. Quiero citar lo que dijo el año pasado el señor Limburg[31], presidente de la Unión Internacional de las asociaciones de la Liga de las Naciones, que trabaja tan meritoriamente en Ginebra: “No olvidemos jamás que el progreso de la Liga de las Naciones -y nosotros añadiríamos que su éxito en favor de la paz- sería mayor si la opinión pública en los distintos países lo reclamase con mayor fuerza. Ningún gobierno podrá oponerse a una opinión pública bien organizada. Es triste decirlo, pero esta opinión pública no existe todavía. Es culpa de las mismas naciones que la Liga de las naciones no haya alcanzado mayores resultados” (II, 47).

A estas palabras del señor Limburg, Holanda ha dado, hace algunos meses[32], una respuesta extraordinaria con su petición por la paz, llevada a cabo y organizada magistralmente por la prensa. Debemos, sin embargo, continuar hablando de ello. No debemos cesar de hacer oír nuestras peticiones razonables -petición altamente razonable- a aquellos que dentro de poco[33] nos representarán[34] en la Conferencia sobre el Desarme[35], no sólo para que permanezcan firmes en esto, sino para que los otros representantes busquen y encuentren una garantía igual en la opinión pública de sus países.

No, esta reunión no es inútil. ¡Que se siga hablando en cada región de nuestro país!

La paz es posible.

Muchos desesperan. Hace falta proclamar cada vez más alto que muchos otros, que todos nosotros, creemos en la paz. Si la paz es posible, ésta debe llegar. Creemos que es una noble empresa poder hacer algo, haber dicho una palabra, haber expresado, como dije al principio, la fe en la paz, haber renovado la esperanza en la paz y, sobre todo, haber despertado el amor y el entusiasmo por la obra de la paz.

Acabo con las bellas palabras del Papa Pio X al presidente Taft[36] con motivo de la guerra de 1914: “No hay esfuerzo más noble que el promover la unión de los espíritus, reprimiendo las aspiraciones bélicas, alejando el peligro de la guerra y disminuyendo la ansiedad que provoca la, así llamada, paz armada. Todo lo que se haga con este fin, aunque no alcance inmediatamente y de manera perfecta el fin deseado, es un noble esfuerzo que honra a los que lo emprenden en favor de la comunidad”.

Que este noble esfuerzo nos encuentre siempre unidos.


Prof. Tito Brandsma, O. Carm.


  1. En el saludo, hasta aquí, fue tachado posteriormente.
  2. La frase “delante de personas de diversas denominaciones y partidos” fue tachada.
  3. Este “no” fue tachado.
  4. El original neerlandés utiliza la palabra volken, que puede traducirse como ´pueblos´ o ´naciones´. Hemos respetado la primera traducción del P. Rafael Leiva O. Carm., quien optó por la variante naciones.
  5. Lo que está entre corchetes es añadido nuestro.
  6. Esta oración fue tachada.
  7. Esta oración fue tachada.
  8. El “Pero” fue tachado.
  9. El original opperzaal puede traducirse literalmente como ‘aposento alto’.
  10. El original krijgsrumoer también puede traducirse como ‘el ruido del tumulto’ o ‘el ruido de guerra’.
  11. Esta oración fue tachada.
  12. La primera parte de esta oración, hasta la coma, fue luego puesta entre corchetes.
  13. Hasta aquí, la oración fue luego puesta entre corchetes.
  14. El adjetivo posesivo su luego fue cambiado por “deseo…de Cristo”.
  15. El verbo original es koesteren, que implica ´desear´, ´apreciar´, etc.
  16. Podría referirse al coro de los ángeles de Belén aludido anteriormente o al coro de personas presentes.
  17. Aquí hay un juego de verbos en el original: el primer verbo luisteren se ha traducido como ´escucharla´; el segundo verbo vernomen también se ha traducido como ´escuchen´, pero tiene el sentido de asumir lo escuchado.
  18. Para traducir la frase aan den vreede wordt gewanhoopt me he valido del sentido literal del verbo wanhoop, que entraña el sentido de haber perdido la esperanza.
  19. El numeral diez fue tachado.
  20. Utiliza la palabra boventoon, que se refiere al tono dominante en la música.
  21. En el original utiliza el término machtsbeginsel. Literalmente se traduce como ´principio del poder´. La frase aan het onder tal van omstandigheden laten gelden van het machtbeginsel entraña el sentido [difícilmente traducible sin generar una oración nueva y diferente] de que lo que hay por debajo es el deseo de mantener ciertas circunstancias que favorecen la estabilidad de quienes están en el poder.
  22. En el texto original no figura el signo de interrogación.
  23. Más tarde añadió la frase “durante algunos años”. Aristide Briand fue uno de los cofirmantes del Pacto de Locarno, en 1925.
  24. Casi siempre (siguiendo la primera traducción de M. García Morente), ha sido traducida al castellano como La decadencia de Occidente.
  25. Utiliza una figura literaria cuando afirma que la guerra resurge como kiem, que es renacer como el ´capullo´ de una planta.
  26. El Profesor De Langen Wendels fue un sacerdote dominico y fundador de la Asociación de Católicos Holandeses por la Paz. El nombre en neerlandés de esta asociación, tal como figura en el texto original del P. Tito, es Nederlandschen Katholieke Vredesbond.
  27. Más tarde este comienzo del párrafo fue cambiado por: “El Obispo de Berlín…” Probablemente se refiera a monseñor Christian Schreiber, obispo de Berlín entre 1930 y 1933. Más adelante anotó la referencia: “Het congres van den Duitschen Katholieken Vredesbond”, Maasbode 9 Nov. 1931, Avondblad p. 1. (“El congreso de los católicos alemanes”, Maasbode, 9 de noviembre de 1931, Periódico de la tarde, página 1.)
  28. De nuevo, se refiere a la Asociación de Católicos: Katholieken Vredesbond.
  29. Se refiere aquí a otro tipo de organismo, el Volkenbond, que entonces era el organismo internacional conocido como Liga de las Naciones.
  30. El adverbio anteayer fue tachado posteriormente. Demuestra que el texto original no pudo haber sido generado antes del 9 de noviembre de 1931, dos días antes del discurso en Deventer.
  31. El Sr. Limburg fue miembro del gobierno holandés y catedrático. Desde 1926 fue presidente de la Unión Internacional de las asociaciones pertenecientes a la Liga de las Naciones: Voorzitter van de Internationale Unie van Volkenbondsvereenigingen.
  32. “Hace algunos meses” fue cambiado posteriormente por “hace algunos años”.
  33. “Dentro de poco” fue tachado.
  34. El tiempo de futuro más lejano die ons binnenkort zullen vertegenwoordigen fue modificado con la eliminación del verbo auxiliar zullen, dando lugar a la construcción die ons binnenkort vertegenwoordigen, que expresa una acción -una representación en este caso- que ocurriría en un futuro menos lejano.
  35. La frase adjetiva “sobre el Desarme” fue cambiada por “Internacional”: Conferencia Internacional.
  36. Papa Pío X. En 1914 se dirigió al presidente de los Estados Unidos, Sr. William Howard Taft.

Translation: Miguel Norbert Ubarri, T.Carm.

Publication: Titus Brandsma Instituut 2020.